Lamentos
La primera vez que le pasó no le dio demasiada importancia. En principio creyó que se trataba de los quejidos de algún vecino inoportunamente escandaloso. Pero, pasados varios días, empezó a deducir que no era posible que esos gritillos doloridos siempre los oyera en las mismas cincunstancias. Al principio los oía como lejanos, una especie de lamentos de dolor casi imperceptibles pero que denotaban una total convicción de sufrimiento. Y se sorprendió de haber tardado tanto en descubrir que eran coincidentes con una de sus actividades más frecuentes: la comida. Fue relacionando ambos conceptos (lamentos y comida) cuando descubrió que lo que oía muy bien podía ser el sufrimiento de los animales que estaba devorando. Cierto es que esos animales estaban no sólo muertos sino también concienzudamente cocinados, pero debían conservar un ápice de consciencia que los hacía vulnerables al dolor postmortem. No tardó mucho en acostumbrarse a esa especie de banda sonora de sobremesa. De hecho se aficionó a comparar los quejidos de cada uno de los diferentes platos que degustaba. Así vio cómo el lamento de un cordero lechal era absolutamente desgarrador si se le comían las las costillas o el lomo (tanto el fresco como el embuchado) pero que, en cambio, cuando se trataba de la paletilla era mucho más parecido a una carcajada desesperada. También consideró una carcajada desesperada el lamento de los pollos sea cual fuese su cocción. Y así fue comparando los diferentes tipos de quejidos hasta que algunos de ellos empezaron a resultarle, cuando menos, considerablemente molestos. El primero fue el del cerdo: emitía un gruñido tan, en ocasiones, humano, que tenía la sensación de estar comiéndose a alguien de su misma especie. La experiencia estaba dejando de ser curiosa e incluso instructiva para pasar a ser angustiante. Cada mordisco que propinaba a tan suculentos manjares provocaban un dolor tal al alimento que el acto de comer iba gradualmente convirtiéndose de placer en agonía física y mental. Era, por tanto, obvio que la única solución a su problema consistía en no comer más animales. Así que se acostumbró a las verduras: lechuga, acelgas, espinacas, endibias, patatas... Fue un cambio gastronómico radical, aunque no por ello decepcionante. Se sorprrendió de la cantidad de especialidades vegetarianas que resultaban exquisitas a su paladar. Degustó infinidad de estilos diferentes de ensalada, diversas sopas y potajes sabrosísimos. Su organismo se acostumbró muy bien a este nuevo tipo de dieta, mucho mejor de lo que se habría imaginado y, por supuesto, muchísimo mejor que su oído el cual se estaba acostumbrando a oir los inesperados y desgarradores gritos de la verdura. Empezó a oir nítidamente cómo a cada mordisco que propinaba a su nueva dieta un llanto desolado le suplicaba clemencia. Cierto día, tras ser acusado de salvaje asesino por un plato de espárragos y de cabrón desalmado por la mayonesa que lo acompañaba, decidió dejar de comer hasta descubrir qué tipo de alimento no contenía el más mínimo resquicio de materia orgánica. Pasó varias semanas investigando por tantas bibliotecas como su creciente debilidad le permitió. La obvia decisión del suicidio la tomó cuando descubrió la insipidez y el nulo valor nutritivo del plástico, y al mismo tiempo en que se hartó de oir los insultos de las hojas de los libros que consultaba y que reclamaban volver a los árboles de los que fueron salvajemente extraídas. Compró un pequeño revólver y se dirigió al cementerio municipal dispuesto a volarse la cabeza en el panteón donde yacían todos sus antepasados, el lugar donde encontraría por fin el silencio eterno. Empezó a caminar por las calles de la ciudad sin vida, envuelto en un silencio que se fue conviertiendo primero en rumor y poco después en un escándalo de gritos de difuntos, gritos que le acompañarían, comprendió, durante toda la eternidad, una eternidad que ya no tenía valor de empezar. Se llevó las manos a la cara y se dejó caer de rodillas. Lloró abatido mientras oía cómo un difunto y su suegra discutían si ese último semáforo estaba, o no, en rojo.bufanda
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